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El padre que sufría con las pastorelas

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La canción favorita de mi padre no fue la de ‘Mi querido viejo’ de Vicente Fernández, la de ‘Quiero ser como mi papá’ de Topo Gigio o ‘Papá’ de Timbiriche, fue la de ‘Tropecé de nuevo y con la misma piedra’. Al ser padre soltero, debido a que mi madre falleció cuando yo apenas tenía dos años, tuvo que hacerse cargo de mí, de vestirme, de ayudarme con las tareas, de enseñarme a comportarme, entre muchas otras cosas que suelen enseñarles mamá y papá como equipo a sus vástagos, pero mi padre debía hacerlo sólo. Sin embargo, nunca aprendió que yo era experto en hacer las cosas a última hora, por lo que nunca se prevenía y cada año, todos los diciembres, sufría para hacer mi disfraz para la pastorela. Desde quinto de primaria, hasta tercero de secundaria, se jaló los cabellos cada Navidad para hacerme mi traje.

La primera vez que lo hice sufrir fue en quinto, cuando le comenté que iba a salir en una pastorela y que debía asistir. Muy contento aceptó y me preguntó que de qué iba a actuar. Le dije que de pastorcito de camino a Belén. Él sonrió y muy emocionado dijo: “¡Qué bonito, mi niño! Claro que te voy a ir a ver, pero te tenemos que hacer un disfraz bien padre, para que seas el mejor pastorcito de Belén. Vas a ver lo padre que nos va a quedar. ¿Cuándo es tu pastorela?”. “Mañana”, le respondí. Sus ojos se abrieron enormemente y gritó: “¡¿Qué?!” Entonces corrió hacia la puerta, tomó sus llaves y corrió a una tienda donde vendían telas para disfraces y conseguir lo necesario para hacer el más rústico y apresurado disfraz de pastor. Le quedó decente, pero no tan bien como había prometido. El siguiente año ocurrió la misma historia, sólo que en esta ocasión sería un árbol parlanchín. Por lo que esculcó entre sus cosas y encontró algunas cartulinas cafés, por lo que sólo fue a la tienda para comprar unas de color verde y poder hacer mis ramas.

La historia se repitió en secundaria, siempre le avisé un día antes de lo que me iba a disfrazar y el corría a las tiendas para comprar el material necesario para hacerme mis disfraces. Nunca tuvo nada preparado y tropezó de nuevo y con la misma piedra de su hijo. Fue en tercero de secundaria cuando me preguntó en Noviembre si iba a salir en la pastorela, pero en esa ocasión me habían excluido, ya que era una obra con muy pocos personajes. Mi papá por fin resopló, sabiendo que iba a descansar. Pero estaba equivocado y el destino se lo demostraría. Pues una semana antes me dijeron que un niño no iba a poder participar porque no iba a asistir y yo interpretaría al diablo. ¿Y adivinen quién le avisó una noche antes a su padre que le habían dado un papel porque un niño no podía asistir? Y la historia se repetiría de nueva cuenta. Ni padre aprendió a preparase, ni yo a ser más responsable a la hora de avisar.

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